JULIO GUILLOT
En entrevista con LA REPUBLICA, Edgardo Casal, atribuye el inicio de su "calvario" a un supuesto operativo de inteligencia de la época encabezado por el entonces director de Aduanas Armando Méndez. Además, identifica a quien a su juicio lideraba una red de contrabandistas con Paraguay.
El 20 de noviembre de 1990, la tapa de LA REPUBLICA destacaba una noticia que causó gran revuelo:
"Contrabandistas balearon a los aduaneros uruguayos que los perseguían: anoche estaban rodeados". En páginas interiores se desarrollaba la noticia:
"Aproximadamente a las 17 de la jornada de ayer, dos vehículos aparentemente conducidos por personas que se encontraban en infracción aduanera, intentaban ingresar a la Ruta 9 por la 14. Se dio inicio a un procedimiento por parte del personal que cumplía funciones en La Coronilla, y el móvil de Aduanas conducido por Darwin Gamarra que llevaba como acompañante a Gerardo Santamaría comenzó una persecución. Los ocupantes del BMW perseguido iniciaron una balacera que fue repelida por los funcionarios aduaneros. A la altura del kilómetro 490 de la ruta 14, el coche de Aduanas intentó detener al BMW y fue desplazado de la ruta por éste, lo que motivó que volcara. A raíz del vuelco, ambos funcionarios aduaneros resultaron con lesiones de entidad"
Al día siguiente, el titular principal rezaba:
"Alto jerarca aduanero comandaba el grupo de grandes contrabandistas". En la bajada se informaba:
"Increíble epílogo: funcionarios infieles causaron la muerte de su propio compañero".
En páginas interiores se informaba de la detención de un funcionario y se afirmaba: "Este hombre se dedicaba a todo tipo de contrabando, desde mercadería hasta droga. El funcionario detenido es Edgardo Casal Carbajal".
Por esos mismos días, El País informó del hecho en términos similares.
Hoy, a 17 años de aquellos sucesos, Edgardo Casal Carbajal no busca otra cosa que limpiar su nombre y aspira a una reparación moral. Tres años después de haber sido procesado por contrabando en 1991 y destituido de su cargo en Aduanas, el juez lo sobreseyó en acuerdo con la fiscal cuyo dictamen establecía que no se había configurado el delito por el que había sido procesado y solicitaba por tanto el sobreseimiento.
La resolución judicial está fechada el 23 de diciembre de 1994, y desde entonces, Edgardo Casal ha vivido un calvario (con estados depresivos e intentos de suicidio incluidos) en procura de su restitución al organismo, pero hasta ahora sus esfuerzos fueron en vano.
¿Qué pasó, en realidad? ¿Era verdaderamente un alto jerarca aduanero que comandaba una gavilla de contrabandistas? ¿Se tiroteó con sus compañeros y causó el accidente en que murió Santamaría? Si tales supuestos fueran ciertos, cualquier juez lo habría procesado por homicidio culposo, por asociación para delinquir e "ainda mais". Sin embargo, sólo fue procesado por contrabando y sobreseído luego.
Casal atribuye todo a una persecución de que fue víctima de parte del director de Aduanas bajo el gobierno de Lacalle, Armando Méndez.
"Yo tenía militancia en las corrientes independientes provenientes del MLN", explica Casal. "Los servicios de inteligencia estaban intactos, y nos habíamos enterado de que Méndez habría anunciado su intención de 'cortarles la cabeza a todos estos tupas', o algo así. Se ve que me tenía inquina y yo ignoraba la razón; incluso me alegré cuando fue nombrado porque pensaba que se necesitaba en ese cargo a una persona de mano dura que iba a terminar con las mafias en la Aduana.
Lo primero fue un traslado del Chuy (donde estaba instalado) a Montevideo sin aviso y sin consultarme, como un castigo, y me fondearon en una oficina oscura. Ahí empezó a deteriorarse cada vez más mi relación con Méndez hasta que un día llegué a decirle que él estaba acostumbrado a tratar con gente encapuchada y maniatada... Con eso me gané su rencor para siempre.
Después del traslado, yo viajaba periódicamente al Chuy porque allí tenía mi casa. Y para desquitar los gastos de los viajes, traía 20 o 30 cartones de cigarrillos del free-shop, algo muy común. Ese fue el único pecado que cometí y que confesé. Algunos compañeros me habían advertido que andaban tras mis pasos, que Méndez había ordenado vigilarme, y que me cuidara. Fue entonces que ocurrió el accidente, en noviembre del 90, pero la cosa era así: Juan Amaro era el verdadero cabecilla de la gran red de contrabando con Paraguay. Este Amaro era edil del Partido Nacional en la Junta Local de La Coronilla, y para limpiarse, me acusó a mí y a otros compañeros. Entre esa versión de Amaro y el odio de Méndez, se tramó toda la acusación contra mí. Dijeron que yo los había tiroteado, que los había encerrado con el auto y que ahí había muerto Gerardo Santamaría. Se hicieron peritajes, hubo testigos que me habían visto pasar mucho antes. En el expediente Gamarra dice que no recuerda la marca del auto que los había hecho volcar... El accidente (porque fue un accidente común y corriente) donde muere Santamaría fue el pretexto para cerrar la novela armada en mi contra. Me acusaron de ser el jefe de una gavilla que se dedicaba a todo tipo de tráfico, dijeron que yo era un alto jerarca aduanero.
La novela quedó finalmente en nada porque se descubrió que todo era un invento, pero generó alarma pública, sobre todo por la trascendencia que le dio la prensa, y eso llevó al juez a procesarme por contrabando en 1991. Un contrabando que no era tal sino una mera infracción fiscal. Estuve seis meses preso, salí en libertad condicional y después fui sobreseído, tres años después".
A raíz de su procesamiento, Casal fue destituido. En la Comisión del Senado hubo mayoría contraria a dar la venia de destitución, pero en sala triunfó la postura contraria.
"A partir de entonces empezó un periplo con el objeto de lograr una reparación moral, que se limpiara mi nombre y ser restituido a mi cargo. Bajo el segundo gobierno de Sanguinetti realicé gestiones pero se ve que no había voluntad política para esa reparación que yo pedía, y al final desistí.
Ahora que somos gobierno, siento que ha renacido la esperanza de la reparación moral y la restitución. He hablado recientemente con Arana, que fue uno de los integrantes de la comisión del Senado que trató mi destitución, para empezar a mover la cosa de nuevo. No soy un asesino, no soy un ladrón, fui un funcionario ejemplar, mis compañeros me conocen, saben que lo que digo es verdad, y me tienen en alta estima.
No pretendo una reparación económica porque sería inmoral... hay gente que la está precisando mucho más que yo, y además no quiero hacerle una zancadilla a mi gobierno.
Ahora estoy a la espera de poder hablar en el Ministerio de Economía porque creo que tengo la razón. *
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