Domingo, 05 de agosto, 2001 - AÑO 9 - Nro.550
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Prohibido para nostalgicos

El viejo Tupí

LUIS GRENE

 

A partir de 1959, año de inundaciones y catástrofes, comenzó a ser leyenda. En ese año, el mítico Café Tupí Nambá cayó bajo "la piqueta fatal". Cerraba sus puertas un bastión de la cultura y la fraternidad montevideana que había nacido en la recta final del siglo XIX. Por sus mesas pasaron generaciones de amantes de las letras, pinturas y otros que tenían su pasión por las tablas del Solís que estaba a pocos metros. Con su propietario, el muy español don San Román, siempre con su culto de la amistad, el Tupí alborotaba los provincianos aires de la Vieja Capital.

Desde su esquina de la Plaza Independencia fue un coqueto reducto para los que entre humeantes cafés y cristalinos licores, discutían de libros, filosofía y, muy bajito, se pasaban datos sobre las bellas francesas que frecuentaban el Chanteclair, de la calle Andes. Si era invierno, todos encerrados en el gran salón central, con enormes espejos y las mesas rodeando las altas columnas. Conversando bullangueros mientras por el ventanal se veía caer la llovizna sobre la Plaza y el luminoso Palacio Salvo.

Con los calores, la cosa cambiaba. En su entrada se abría el famoso toldito veraniego, de rayas verdes y blancas y muchas mesitas en el pasaje de la vereda. En esas noches cerraba muy tarde y el bichito de la bohemia picaba fuerte a sus parroquianos. En cada mesa una polémica. Aunque, por la madrugada, el clima se aflojaba y los actores terminaban hablando de tango y los poetas despotricaban, irónicos y cancheros, a propósito de los osados que consideraban al "biógrafo" un arte.

Por los mediodías, muy solitario, un joven de larga melena escribía en una pequeña libreta. Se llamó Sabat Ercasty y fue una de las figuras emblemáticas del Tupí. Siempre lo visitaban las estrellas que llegaban a Montevideo. Una noche corrió por el Centro el dato "posta" que llevarían a Josephine Baker. El revuelo pasó a la historia. Dejó una foto autografiada que colgó hasta el cierre en la pared del fondo. José Cúneo, otro habitué de sus mesas, le dedicó una lámina que hizo allí. Con los actores y estudiantes, el Tupí perdió aquello de ser sólo para caballeros.

Otras mujeres se aventuraron a sus mesas y en las tardecitas muchas románticas parejas se encontraban en el Tupí. Se lo tildó de "clasista" pero lo cierto es que instaló el hábito de discutir, mientras se saboreaba un "democrático" café. Luego llegaron otros sitios, pero primero fue el Tupí, un Café de leyendas.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en 1410 AM LIBRE.*


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